October 1, 2014
by María José Durán
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El Maldito Guante

Tengo un guante que hacía varios días que quería perderse. Y desde entonces me viene causando problemas. No es que yo crea en supercherías, ni muchísimo menos, pero de la siguiente exposición de los hechos no queda menos que concluir que la base de todos mis problemas fue aquel maldito guante que quería perderse.

Para empezar, los guantes ni siquiera eran míos. Alguien los había dejado olvidados en el salpicadero del auto de mi novio, y yo, que había perdido un guante del par anterior, los tomé prestados para siempre. Eran guantes de mujer, suaves, azul marino casi negro, y me quedaban como un guante. Yo no pedí explicaciones de dónde habían salido aquellos guantes de mujer, ni él quiso tampoco dármelas, así que con un encogimiento de hombros quedó el trueque saldado: yo me quedo con estos guantes y tú no te inventas quién los olvidó.

El par de guantes azules me ha estado acompañando últimamente a todos lados. El frío del invierno santiaguino, y mi problema de circulación hacen que las puntas de mis dedos, mis dedos de los pies y mi nariz estén siempre helados. Yo no me lo puedo explicar, porque hago todo lo que dice el Internet que hay que hacer para tener buena circulación: como espinacas a manojitos (son prácticamente la base de mi dieta), bebo mucha agua, el jengibre es mi condimento favorito y hago yoga como sustituto de un pasado en el que la marihuana no era un artículo de lujo. Pero nada, da igual invierno o verano, los dedos y la nariz siempre los tengo a una temperatura menor que el resto del cuerpo.

mamo contreras

Manuel “Mamo” Contreras y su colega Pinochet.

Comprenderán ustedes por qué siempre debo llevar un par de guantes en los bolsillos del abrigo. Bueno, pues aquel martes funesto no fue una excepción. De la tele me habían mandado de guardia a la puerta del Hospital Militar en La Reina a ver si se moría el viejo “Mamo” Contreras, un dinosaurio de la dictadura de Pinochet que a sus 85 años todavía está dando guerra. “Mala hierba nunca muere”, me decía el conductor en las largas horas de espera. Y las horas pasaron, y allí no habló nadie, ni nos dejaron pasar, ni el viejo se murió ni nada de nada. No había nada que contar, pero igual íbamos a ir en directo, cosas de la audiencia.

Conversaba yo animadamente con el camarógrafo Raúl sobre el yoga y otras drogas, cuando me miré las manos: solo tenía un guante. Me lo había quitado para escribir mi intervención. Revolví toda camioneta del Beta buscando el maldito Guante, con la ayuda de Raúl, hasta que vino el Tito y nos dijo que dejáramos de huevear que íbamos a tirar la antena que estaba instalada sobre un trípode que a su vez estaba sobre la camioneta. Pero yo no desistí y seguí mirando por mi guante desde la puerta de la camioneta, y Tito no me dijo nada porque estaba así un poco agachada y seguro que me estaba mirando el poto (culo), y yo le dejé mirar no más.

yo mamo contreras

Yo antes de que me diera el telele en la tele

En ese momento sonó el teléfono, prevenidos, vamos con ustedes. Todo el mundo a sus puestos, yo a aprenderme de memoria mi papelucho esmirriado, el de las luces a sus focos, el de audio a sus altavoces, camarógrafo a su cámara, Tito a su antena y el Beta a siestear en el asiento de delante. Todo comenzó maravillosamente bien, salvo que la presentadora me llamó María Jesús en vez de María José, pero qué más da, yo un día le llamé Patricia a ella, en lugar de Beatriz. Los primeros dos minutos iba todo sobre ruedas, yo iba leyendo con una calma impresionante aquello del viejo que no se moría, y que no nos habían dejado entrar el hospital, nada màs tenernos allí en la puerta. No conté lo de cuando al pedir entrar al baño  me quisieron hacer entrar escoltada y al final tuve que usar el servicio del guardia de la garita que me pidió por favor que no le pusiera micrófonos, por prudencia, que si no lo cuento.

En medio de este éxtasis informativo se me acabaron las cosas que tenía escritas en mi papel escuchimizao, y como no me decían nada de plató ahí que me lancé yo a improvisar. Desastre absoluto. A las dos frases me quedé en blanco, no supe cómo continuar, y dos segundos de silencio hasta que me recompuse para terminar mi móvil con la poca dignidad que me quedaba. En el video bajo estas líneas podrán comprobar ustedes mi pesar:

Con la cabeza baja y los ojos casi en lágrimas me volví a la furgoneta, me senté y miré delante mía. ¡Ah, mi guante! Estaba ahí, encima del asiento, se había estado camuflando aprovechando que la tapicería también era oscura. En ese momento no me di cuenta de lo que mi guante estaba intentando hacerme, así que me lo metí en el bolsillo y me olvidé de tema.

El silencio es lo peor que te puede pasar en la tele. Pero además con los nervios después me olvidé del nombre del caballero y le llamé Manuel Mamo Rodríguez (toma ya). Muerte súbita. En mi cabeza ya me estaban retando, abroncando, insultando, despidiendo, hasta deportando y muchas más cosas que terminan en –ndo.

Al día siguiente, a pesar de mis temores el reto no fue para tanto y más que nada los compañeros y jefes vinieron a prestarme su ánimo y su apoyo, y algunos consejos para que mejorase y que no volviese a pasar jamás de los jamases. No obstante, aquel día estaba castigada sin hacer directo, a mis síntesis internacionales y cortar cuñas con un hacha de  leñador.

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La mofa del Transantiago.

Lo bueno de no salir a hacer directos es que si tengo suerte me puedo ir antes a casa. Ese día tuve suerte y me pude ir un poco antes a casa (no mucho que esto lo pueden leer mis jefes). Salí del canal súper contenta en dirección al paradero de micros, y a los pocos minutos la silueta de la D14 a Rotonda Quilín se perfiló en el horizonte. Abordé en cuanto se acercó y acerqué mi tarjeta Bip! a uno de los cobradores automáticos. “Pi Pi Pi Pi Pi”, anunció el chivato. Luz roja. La acerqué de nuevo. “Pi Pi Pi Pi Pi”, luz roja. La pantalla me decía “No tiene suficiente salgo en su tarjeta Bip!”, y en la línea de abajo informaba “373 pesos”.

Yo diría que al menos un 30% de la gente que usa los autobuses del Transantiago no paga. Así a ojo de buen cubero, les parecerá a ustedes, pero tiene su base científica. Resulta que antes por Santiago había unas micros que eran como las de campo, que te cobraban en dinero y bueno, como que cada uno hacía un poco lo que le daba la gana. Había trayectos establecidos y tal pero poca cosa. Desorden y caos. Al primer gobierno de Michelle Bachelet se le ocurrió la solución perfecta: el Transantiago, tuvieron a bien nombrarlo. Aquello iba a revolucionar los transportes de la colapsada capital chilena y tal y tal.

El primer día que se puso en marcha el Transantiago, la mayoría de los chilenos no llegó a su trabajo. Lo cambiaron todo de un día para el otro, recorridos de líneas nuevos, buses nuevos, sistema nuevo, conductores nuevos, todo nuevo. Sin avisar ni hacer campaña previa de información ni nada. El caos duró seis meses. El sistema, aunque en principio está bien pensado tiene algunos fallos: por ejemplo las agarraderas de los buses son como para personas más altas y el chileno medio, que es bajito, no llega a tomarse y se tiene que parar como buenamente puede. Además, para agilizar la cosa en los autobuses no se paga con dinero sino con la dichosa tarjeta Bip! Bueno se ve que Bachelet tiene a los chilenos en alta estima y no se le ocurrió lo que iba a pasar: que la gente no iba a pagar la micro. Es una costumbre establecida, usted se queda mirando a la gente que entra y tres de cada diez, “Pi Pi Pi Pi Pi”, luz roja. “Pi Pi Pi Pi Pi”, luz roja. Con absoluta indiferencia entran y buscan su sitio entre la gente.

Pues yo igual. Hice caso omiso del pitido y de la luz roja, y con cara de superioridad “yo esto ya me lo conozco” me senté en el primer asiento que encontré libre. Lo malo era que después de la micro tenía que coger el metro, y ahí ya no hay tu tía. En el metro se paga, ahí están ellos vigilando para que no se te olvide. Y yo soy una ciudadana de bien, ya no estoy para ir dando espectáculos. Pues bueno, recargas la tarjeta y ya está, ¿verdad? Justo esa mañana que me había ido yo de la casa sin dinero, distraída como estaba con el asunto del silencio y el Mamo Rodríguez y el reto.

Abrí mi cartera y conté: 271 pesos chilenos, 110 argentinos y algo más de un euro, más los 373 pesos que ya tenía en mi tarjeta Vip! Bien, contando todo aquello tenía más que de sobra para pagarme un boleto de metro de 620 pesos. Pero, no contaban con la astucia del Transantiago. “La mínima recarga es de mil pesos”, me dijo la cajera al ver mi barullo de monedas. Yo intenté darle pena, que si salí de casa sin plata, que si esto, que si mira qué ojitos. Nada. Fui al jefe de estación, pero solo me dijo “se te ha caído el guante”, y cuando me volví para recogerlo había desaparecido. Solo me quedaba echar mano de la inestimable solidaridad chilena y que alguien quisiera pagarme la entrada en el metro.

Pregunté a muchas personas. No sé cuántas. De todas las edades. Ya me estaba agobiando, e incluso iba a llorar, cuando un muchacho alto, vigilante del metro, que me había estado observando todo el rato me tocó en el hombro. Sin mediar palabra me señaló la cola de la máquina de estudiantes, y cuando yo iba a pasar, puso su tarjeta sobre el círculo amarillo y ¡Pi! Luz verde. Con lágrimas en los ojos le sonreí y le di las gracias y subí corriendo las escaleras hacia el andén.

Todo esto iba yo reflexionando en el metro, mi mala cabeza de salir sin dinero, los dos segundos de silencio en la tele, el Candy Crush no me deja jugar más partidas hasta dentro de 25 minutos y, ¡mi guante! Mi guante azul oscuro casi negro estaba otra vez en el suelo. Definitivamente quería perderse, el maldito. En ese momento me di cuenta de la cantidad de veces que mi guante había intentado perderse. Recordé aquella misma mañana, cuando al salir de casa encontré que solo tenía uno y que no llevaba dinero. Al volver por el guante lo tomé de encima de la mesa pero del dinero me olvidé. Aquel guante definitivamente quería salir de mis manos que están siempre frías e ir a parar a las de otra persona, quizás su verdadera dueña, que a lo mejor tiene las manos calientes. De cualquier manera, aquel guante me estaba maldiciendo para que dejara de perseguirle por todo Santiago y le dejara en paz.

Pues bien, tomé una determinación. La mala racha se iba a acabar. Me bajé en la estación Cumming (sí, así se llama, no es mi culpa) que es la de mi casa, y en la puerta siempre hay gente vendiendo cosas, sopaipillas, sushi, pan integral, libros… Una de las chicas que estaba allí no llevaba guantes, me acerqué y le dije: “este guante quiere cambiar de dueño. ¿lo quieres?” y sin dejarla responder más que un gruñido se lo dejé allí y me fui corriendo por la calle Compañía de Jesús hacia el poniente. Al pasar por delante de la iglesia de los capuchinos miré al póster gigante que antes pensaba que era de Fray Leopoldo, pero ya me he enterado que no, que es el Padre Pío y le dije: “Ya te vale, Padre Pío”.

 

Nota final: Todos los garabatos, tacos, y palabras malsonantes han sido censuradas de este texto. Si usted tiene la edad apropiada, por favor rellene con ¡Puta! ¡Carajo! ¡Mierda! ¡Me cagüen! Donde considere.

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May 25, 2014
by María José Durán
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Talca, París y Londres

talca paris y londres

La Estación de autobuses de Santiago, la que va a Talca.

Una de las cosas que más sorprende de mudarse a Latinoamérica es la mayor profundidad de las desigualdades en todos los sentidos. Aquí los edificios altos son más altos, los ricos no sé si serán mucho más ricos pero son tela de ricos y los pobres son muchos y muy pobres. Lo mismo se aplica a casi todo, también a los autobuses, o como les llaman acá, las “micros”, y no porque sean pequeñas precisamente, es que ese es su nombre.

Pongamos como ejemplo el trayecto Santiago-Talca, que es el que yo recorro más veces. La compañía líder, Talca, París y Londres, tiene una extensa flota de autobuses que son mejores que ningún Ave en el que yo haya estado. Sillones enormes y acolchados, peliculita, wifi gratis, bebida y snack de regalo y encima te dan una mantita de esas gustosas y una almohada. Yo siempre pienso que en este país no debe haber piojos y que eso en España no lo podríamos hacer. Por $5.000 pesos (unos 7€), tarifa estándar, va una como en los Vip de Renfe.

bus talca

La “micro” de Talca, París y Londres.

Talca París y Londres no va a Talca, París, ni a Londres, escuché yo hoy a un padre explicarle a su hija, es que se llama así la compañía. Y es como un dicho, como para nosotros lo de en Salamanca la que no es manca o los chistes de leperos. Según creo yo la historia es que son las tres ciudades del mundo donde se fabrican sombreros de ala ancha de alta calidad o algo así, eso me han contado aunque es tan inverosímil que ni yo me lo creo. Le preguntaré a mi tío que sabe mucho de sombreros y os digo. Bueno pues hoy cuando llegué a la estación Talca París y Londres no tenía billete hasta las 11 de la noche.

Es que aquí no se lleva lo de comprar el billete antes, se va uno a la estación de bus correspondiente y reina el libremercado: va uno preguntando en todas las casetillas que dicen que van a Talca al señor de turno metido en su kiosco. Pues bien hoy mucha gente quería ir a Talca y no sé por qué, que allí no es que haya mucho, ni poco.

La estación de buses que va a Talca es como las antiguas, las nuevas que he visto son tipo mall y todo brilla. Aquí las casetillas están en hileras como unas encima de otras, y alrededor hay varias decenas de puestos de comida rápida, binguitos, tiendas de las que venden desde guitarras a toallas de bidé y está todo tan junto que la gente tiene que pasar empujándose como en el metro. Pues de vez en cuando allí en medio del caos te encuentras a un señor que grita “¡Talca Talca!” Y te lleva a su tienda de “micros de campo”. Se sabe que son de campo porque no tienen en la casetilla luminosos con un scroll diciendo lo buena compañía que son. Y da penica y claro, ahí es dónde te timan.

-¿A qué hora tiene el próximo para Talca?
-A las ocho.
-Ya. ¿Cuánto?
-8.000.
-¿¿¿8.000???
- Es que nosotros vamos a Chillán y tenemos que desviarnos.

Lo miré con cara de “me vas a timar, joío”, pero igual le pagué y quedé en que a las siete en el andén 40. Pues tan tranquila me pongo yo a comerme mi barros luco, que es un pan de hamburguesa con carne tipo kebab y queso fundido. Son buenos esos. Y me voy a mi anden 40 y me siento en el suelo a leer.

A las 19:50 empezó a cundir el pánico en el andén 40. La gente iba y venía desconcertada porque la micro no llegaba, con todas las maletas, empujándose todo el rato porque aquí hay que empujar y hacer cola para todo. Cuando mi móvil dijo que eran las 19:56 me entró a mí el agobio y empecé a dar vueltas y hablar con extraños, me metí en un autobús que no era y me echaron y resolví volver a la casetilla cutre. Allí el señor, muy tranquilo, me explicó que había mucho “taco” (atasco) y que había que esperar, que me tranquilizara. Me pidió que le enseñara el billete y me espetó, como si todo fuese mi culpa:

-Señorita, su problema es que en su billete no dice nada.

Era verdad, el billete era como un papel de recibo con unos números pintados, y va el tío y me pone un sello con un matasellos que dice “Pullman Turis Bus”, y ya me voy yo tan contenta de vuelta al andén 40 sin pedir que me devolvieran mi dinero ni nada. A las 7:35, cuando ya me había levantado de mi suelo de leer para ir a reclamar, el mismo señor de antes viene al andén 40 y grita: “¡Talquinos, que nos vamos!” y las cincuenta personas que estamos allí le seguimos hacia fuera de la estación por donde salen los buses. Empezamos a andar por la calle al lado del súper atasco y me nombra guía para que encuentre el autobús rojo. Pues como veinte autobuses parados en atasco después nos montamos todos en el autobús rojo de Pullman, ya más contentos.

Me había tocado el asiento de la primera fila que es el que menos me gusta, y miro para delante y leo que tienen pegada una hoja de tarifas donde pone “Pulman tarifas”, y no es que me haya equivocado yo es que estaba escrito así. Bien pues eso resume lo que era el resto del bus: asientos raídos y pequeños, no hay colación ni manta ni almohada y el luminoso no me informa a cuántos kilómetros por hora vamos y lo de ponerse los cascos para ver la película tampoco funciona ni la luz para leer ni nada de nada. Lo peor es que al final de la peli, que estaba interesante, una señora le pide al ayudante del conductor que bajen el volumen para que su guagua  (bebé) duerma. En lugar de eso se apaga todo, el monitor el sonido y las luces justo cuando el asesino iba a entrar en la habitación, pero ya estamos tan cansados del tema que nos da igual y nadie protesta.

En conclusión, que aquí los buses buenos son más buenos y los malos no tan malos como el Socibus que va a Madrid, pero sí bastante reguleques, como los TRD que tenía Renfe antes. Y yo me despido que ya estoy llegando a Talca y ya subiré esta entrada mañana o cuando pueda, porque Pulman Turis Bus tampoco tiene wifi.

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April 25, 2014
by María José Durán
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Thunder, la bicicleta de persecución

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Anochece en Santiago y yo voy cuesta abajo en bicicleta. Cada día después de trabajar recorro los once kilómetros que separan mi casa de la oficina montada sobre mi Peogeot azul eléctrico. A pesar de que apenas tengo que hacer esfuerzo para ganar espacio, tardo casi lo mismo que en la mañana, cuando mis piernas pelean cuesta arriba contra el “que otra vez llego tarde”.  Al terminar la jornada ya no tengo prisa y, a menudo, pedaleo detrás de alguien que me pareció interesante, por muy lento que vaya.

Normalmente se trata de muchachos jóvenes de fuertes piernas y pantalón corto, aunque estos son más rápidos que yo y enseguida se pierden en la sinuosa línea de la ciclovía santiaguina de Pocuro. Algunas veces, alguien cuyo casco tiene una inscripción graciosa que me gusta mirar. Otras, como hoy, dejo pasar el tiempo tras alguien que me recuerda a casa.

Era un muchacho delgado y alto, de abundante y despeinado pelo moreno. Llevaba una mochila verde caqui y montaba una bicicleta medio desvencijada. Iba despacio, sin bulla, esperaba detrás de cualquier ejecutivo con una de esas bicis con ruedas chicas, no tenía ansias de adelantar. En cuanto lo vi me acordé de una noche, pedaleando los dos por las calles sevillanas. “¿Cómo se llama tu bici?”, me preguntó. Y mi bici no tenía nombre. En seguida acordamos llamarla Jack.

Ahora mi bici sí tiene nombre, me tranquilicé. Se llama “Thunder”, que significa trueno. Esta palabra en mapuche se pronuncia Talca, que es el nombre de la ciudad donde la compré. Me gustó pensar en el ruido, como además me caigo a menudo de la bici y tal, y además, el apellido de su anterior dueño es Thurber y me hizo gracia lo parecido del sonido. Y estaba volada cuando la bauticé, para qué nos vamos a engañar.

Thunder es una Peugeot azul  de carretera con letras blancas.  Tiene el manillar naranja, de esos como de mancuerna. Originalmente los cuernos iban hacia abajo, pero como yo no pretendo ir por la vida de aerodinámica se los he subido hacia arriba, por lo que ahora puedo ir incorporada, aunque los frenos se han quedado justo al frente y parece que conduzco un cohete espacial con tirador de torpedos incorporado.

Los vaqueros le bailan de delgado, apenas se le pegan a la pierna, pienso yo. Nunca llego a verle la cara, pero su aire distraído y el remolino de su coronilla me lo confirman, es aquel emperador romano que un día conocí y que ha venido a Chile a traerme recuerdos de aquel tiempo pasado que pudo ser feliz pero no fue. La nostalgia es algo con lo que una aprende a vivir cuando se muda a 10.000 km. de distancia de todo lo que quiso.

Cuando nuestros caminos se separan me invade una extraña tristeza. Estoy tentada de seguir sus pasos, continuar recto en lugar de girar a la izquierda en la Avenida Antonio Varas y averiguar dónde vive, y verle la cara. Pero tengo que salir de mi ensoñamiento, María José, despierta, no seas acosadora, que ahí ya hemos estado antes y no nos gustaba.

Un poco alicaída pongo rumbo a mi casa, intentando encontrar a alguien a quién seguir pero no hay nadie tan interesante y además ya estoy muy cerca y ya es miércoles y mañana tendré que recorrer las mismas calles cuesta arriba y cuesta abajo, y el rosado del cielo sobre la Cordillera. Por lo menos, me digo a mi misma, todavía me funcionan los frenos.

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February 19, 2014
by María José Durán
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“Acá es muy lindo, pero hay pocas chicas”

El cruce del Río Palena

Luis, un veinticincoañero natural de la localidad chilena de Raul Marín Balmaceda se sienta cada atardecer en el muelle a mirar a los cormoranes y los grupos de toninas (delfines australes) que pasan de largo por el Fiordo Pitipalena. “Acá es muy lindo, pero hay pocas chicas”, fue lo primero que nos dijo, con una pícara sonrisa y una fugaz mirada a las cachas de ésta que os escribe.  Apenas 200 o 300 personas viven durante el año en Raúl Marín Balmaceda, situada en una isla formada por el río Palena y el fiordo Pitipalena. Para llegar hasta ella es necesario desviarse 80 kilómetros de la ruta austral por un camino de ripio y cruzar el río en una barcaza.

Raul Marin Balmaceda“Me gustaría irme de aquí pero no puedo. Estoy atado a esta isla”, asegura Luis. El joven va vestido casi a la moda, una camisa de manga larga medio desabotonada y, tejanos marron claro, si no fuera por el sombrero de ala ancha negro que adorna su cabeza. Se dedica a pescar, y a sacar a los turistas de paseo, y a hacer deporte, pero lo que de verdad le gustaría es irse a vivir a la ciudad. “Con lo que me gusta a mí la ciudad”, se reafirma. Sin embargo, lo más lejos que ha estado en su vida de Raúl García Balmaceda ha sido en Coyhaique, la capital de la región en la que nos encontramos -Aysén del General Carlos Ibañez del Campo- a unos 340 kilómetros de distancia.

La vida en Raúl Marín Balmaceda pasa con la misma quietud que las aguas del Pacífico navegan su fiordo. El camión de los suministros viene una vez a la semana, y solo hay pan del día si a la señora del restaurante Los Dos Juanitos le ha dado tiempo de hacerlo esta mañana. “Si me fuera, sé que echaría de menos esto. Acá se está tranquilo”, continúa nuestro nuevo amigo. Pero él lo que de verdad quiere para su pueblo es una “disco”, eso es lo que les hace falta, una disco para tener donde ir después de beber cerveza a orilla del Pitipalena.

Fiordo PitipalenaA pesar de que le insisto, varias veces, en que todo es proponérselo en la vida, y si no mire usted lo atada que estaba yo a mi Sevilla de miarma, y lo lejos que estoy ahora, él sigue en sus trece. Está condenado a vivir para siempre en la aldea en que nació. Las cadenas de Luis no son de acero mi de hierro. Le permiten correr libremente por la isla, tomar el barco de su padre y salir al Pacífico a pasear. Observar aves, ballenas y pingüinos. Pero unas invisibles correas están amarrando su visión que no llega más allá del glaciar con forma de teta que se vislumbra desde la playa. Esa cadena se llama educación, o en este caso la falta de ella, que a muchos jóvenes de pequeñas localidades con ansias de ver el mundo, como Luis, no les permite ver más allá de lo que les alcanza la vista desde el cerro más alto de su pueblo.

DSCF2382Anochece en Raúl Marín Balmaceda.

Glaciar con forma de tetaEl glaciar con forma de teta.

 

 

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January 18, 2014
by María José Durán
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¡Atrapa a ese pingüino!

Pingüinos rey

De todos los animales que se pueden ver en su hábitat natural en la Patagonia, como guanacos, choiques (ñandús), armadillos, zorros, flamencos, cormoranes, gaviotas, gaviotines, leones marinos, cara-caras o caranchos, albatros, elefantes marinos, ballenas, caballos, zorrinos o mofetas, liebres, patos, vacas, gatos, gansos, perdices con cresta, toninas o delfines australes, cisnes de cuello negro, pájaros carpintero, y un largo etcétera, el que más gusta y genera más atención es el pingüino. Este extraño pájaro que anda a trompicones y siempre se dice que lleva frac se convierte en nuestro mejor amigo. Pingüineras y loberías (para el avistamiento de lobos marinos) se suceden a lo largo de la ruta en diferentes puntos, y de ser algo que uno solo ha visto en la tele, el pingüino pasa a ser tu mejor colega, o por lo menos un colega de cañas.pingüino magallánico con su bebé

En la inmensa mayoría de los lugares que hemos visitado a lo largo dela ruta 3, y más al sur, el pingüino que abunda es el de magallanes. Puerto Madryn, Bahía Camarones, Puerto Deseado, el Parque Nacional Monte León, Punta Arenas, Ushuaia… Toda localidad costera con más o menos afluencia turística oferta al pingüino magallánico como uno de sus atractivos. Las características distintivas de esta especie ovípara son dos líneas negras horizontales en su pecho y una mancha rosa entre su ojo y su pico, negro con una raya vertical blanca. De mediana estatura(unos 70cm.), se diferencia del pingüino Humboldt en la segunda línea del pecho y la posición del rosa en su cara. Además la segunda especie se haya solo en la costa pacífica, mientras que el magallánico habita ambos lados de la Patagonia. Ambos hermanos cavan hoyos en la playa, cerca del mar, para depositar sus huevos, y vuelven a ellos al atardecer tras pasar el día nadando.

pareja de pingüinos magallánicos

Un poco más pequeña es la variante de penacho amarillo, o rockhopper en inglés. 55 centímetros de pura gracia coronados por una cresta de plumas amarillas y negras. Le gusta el agua más fría, antártica, y por eso hay que ir más al sur para encontrarlo. Aparte de en el continente antártico, esta especie puede visitarse en dos colonias, una de ellas en las islas Malvinas y otra en Isla Pingüino, a unos kilómetros de la costa de Puerto Deseado. Hasta este punto nos llevó nuestro viaje por la Ruta3, adivinando la posibilidad de conocer a nuestros nuevos amigos. No obstante para nosotros fue imposible ahacer el viaje en barca, que dura unas 7 horas y para el que hay que preparar unos 70 dólares, por cuestión de tiempo. En su lugar nos apuntamos a la barca que salía ese mismo día y que recorría la Ría Deseado donde pudimos avistar delfines australes (toninas overas), cormoranes, lobos marinos (¡¡¡yo toqué uno bebé que se acercó a la barca!!!) y finalmente, nos dejaron un rato en una isla en medio de la ría donde pasamos el rato con nueatros colegas los pingüinos magallánicos. Una excursión excelente.

El gordo y el largoPero no he acabado todavía con los pingüinos, me queda lo mejor. Para continuar con ello tengo que desplazarme al sur, hasta la Isla Grande de Tierra del Fuego. Concretamente a su lado chileno, a unos 50 km de Porvenir, en medio de la Bahía Inútil se encuentra el parque Pingüino Rey, única reserva fuera de la Antártida (que yo sepa) en la que se puede ver este tipo de ave. Se trata de una iniciativa privada, regentada por una familia chilena que lleva cinco años velando por esta comunidad de pájaros. Hace poco que decidieron regresar, y parece que se encuentran agusto, porque esta especie vivía en ese lugar mucho tiempo atrás. Restos arquelógicos datan su presencia en Bahía Inútil hace más de 1.000 años.

El pingüino rey es el segundo más grande de la familia, y a mi juicio el más fascinante. Alcanza hasta 95 cm, mientras su hermano mayor el pingüino emperador puede medir hasta 130. Su pico real, largo y puntiagudo, está decorado por una línea naranja difuminada, y el plumaje de su cabeza contrasta el negro con un naranja intenso. También tienen un oscurecimiento naranja bajo su cuello. Su población en el parque ha aumentado de 15 a 200 en los últimos cinco años, aunque aún no pueden considerarse una colonia. Para ello se necesitan tres generaciones de animales que nazcan, crezcan, se reproduzcan y se marchen. Por ahora llevan una, y por los más de veinte huevos que han visto poner a sus pingüinos esperan que este año sea la siguiente.

Aurora Fernández es una estudiante de arquitectura que cada año en verano viene a ayudar a su familia a cuidar de los pingüinos, y hace las veces de guía entusiasta en el terreno. El parque tiene dos zonas donde observar a los animales, en ambas nos separa de ellos un río. “Los pingüinos han buscado refugio en lugares de difícil acceso para los humanos”, nos cuenta Aurora, “que somos su mayor enemigo”. Esta chilena asegura que la actitud de los visitantes hacia los pingüinos ha cambiado mucho en estos años. “Antes podías ver a gente tirándoles piedras, cuando ellos necesitan estar tranquilos y sentirse protegidos para poner sus huevos”.

pingüinos rey

Otra especie de esta familia es el pingüino de Adelia, el más representado de cabeza negra, medio cuerpo blanco y medio negro, pico y rojo y brillante ojo negro. Parece ser que hay un par de ejemplares en la Isla Haberton habitada más bien por magallánicos, a la que se puede viajar desde Ushuaia tomando una lancha turística. Para terminar este artículo, algunas curiosidades sobre la familia del frac. Por ejemplo, son todos unos sureños, ningún pingüino vive más al norte del Ecuador, es decir, solo habitan el hemisferio sur. Pueden aguantar hasta quince minutos dentro del agua sin respirar, y hace 50 millones de años tenían el mismo tamaño que los humanos.

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January 18, 2014
by María José Durán
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Un encuentro y bosque petrificados

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¿¡¿Pero eso es un árbol, o una roca?!? Ni lo uno ni lo otro, se trata de piedras con forma de tronco gigante, o troncos gigantes con forma de piedra, lo que queráis. Este extraño fenómeno tuvimos oportunidad de visitar en nuestro recorrido por la Ruta 3 argentina tras el abracadabrante, inaudito, estupendo encuentro con dos amigos maños, Juan e Irene.

El día después de dejar Península Valdés sabíamos que iba a ser un poco de tránsito: no hay nada demasiado interesante que ver en la argentina Ruta 3 sin desviarse hasta Bahía Camarones hasta que no se llega a Puerto Deseado. El camino se hace largo y pesado, una línea recta interminable trazada en desierto estepeño, pampa a ambos lados en todo lo que alcanza la vista. En el camino, cómo no, no pude evitar pararme a hacer fotos a unos trabajadores de una empresa cárnica que quemaban neumáticos para protestar porque llevaban dos semanas sin cobrar. Sin embargo, las ruedas ardían en un lado de la carretera y no en el medio de ella, me contaron que interrumpir el paso es ilegal. Nos ha jodío, pensé yo, pero si no lo cortan qué clase de protesta es ésa. En fin, los pobres no habían ni podido abrir diálogo con la empresa todavía.

dscf0409Hicimos parada en Comodoro Rivadavia, ciudad de puerto y que sirve de dormitorio a muchos empleados de la industria petrolera de la zona, que es bastante importante (por la carretera se envuentran cigüeñas a cada rato). Se acercaba la fecha en que debíamos encontrarnos con dos amigos españoles, de Zaragoza, Juan e Irene, que también andan recorriendo la Argentina, como la llaman acá. Habíamos quedado en llamarnos el 15 de enero, pero ninguno de nuestros teléfonos funcionaba en Argentina, así que aprovechando nuestro paso por la ciudad nos acercamos a un locutorio esperando que alguno de sus celulares tuviera señal. Los colegas estaban a unos pocos kilómetros al sur de Comodoro Rivadavia, y aunque se nos cortó la comunicación antes de que pudiera enterarme bien del nombre del sitio sabía que solo tenía que la ruta 3 hacia el sur y encontrarlos haciendo dedo en una cuneta. Así fue, apenas unos minutos después estábamos abrazándonos y metiendo las cosas en el coche a toda prisa para seguir nuestro camino hacia el sur.

Tras un poco exitoso intento de acampar en Caleta Gonzalo, donde un argentino nos echó cali literalmente de su camping porque decía que nos iban a molestar las moscas, tuvimos que conformarnos con Fitz Roy, a la sazón capitán del Beady, la expedición de Darwin a la patagonia, y una pequeña localidad paralela a la ruta tres donde la hospitalidad sureña sí se hizo sentir y el dueño el camping hasta nos recogió madera.

dscf0370A la mañana siguiente y sin perder más tiempo del necesario salimos para el bosque petrificado de nuestros sueños. Tras pasarnos la primera salida en la carretera nos hicimos unas pocas milas hasta la segunda más al sur, de lo que más tarde nos alegraríamos. Cincuenta kilómetros de ripio, polvo y pampa se abrían ante nuestros ojos. Según nos acercábamos, el paisaje que nos viene acompañando desde hace unos mil kilómetros de pronto cambió, y la llanura desértica dio paso a unas mesetas, todas de la misma altitud, y en las que aún de lejos podían apreciarse las diferentes capas de sedimento. Así todas juntitas, de la misma altura pero diferente inmensidad, como hermanitas que ven pasar el viento. Al fondo, el volcán Madre e Hija, cuya forma a mí me recuerda lo mismo a una madre y una hija que a un manatí acostado. Pero hermoso igual.
La llegada al sendero del bosque ya por si fue espectacular, pero aún más asombroso lo que nos esperaba al llegar allí. Los guardabosques insistieron mucho en que recorriéramos el camino sin salir del sendero, que no cogiéramos nada del suelo -el expolio que deben haber sufrido es generoso- y que no nos subiéramos en ningún tronco, que desde abajo nos vigilaban. En efecto, a la primera que uno tropezó fuera del caminito marcado por roca volcánica empezaron a pitarnos desde la lejanía.

dscf0384Ante una vista maravillosa, lo que aparentemente son unos troncos reposan en medio de la pampa argentina desde hace más de 150.000 millones de años. El antiguo bosque de araucaria extinta había quedado tumbado tras el movimiento tectónico que formó Los Andes, fue cubierto por ceniza de las explosiones volcánicas que lo prosiguieron. Este proceso, acompañado a lo largo de los miles de años por los vientos que han traído sílices, arcillas y todo tipo de materiales transformó lo que en su día fueron árboles para siempre. La madera y toda la materia orgánica funcionó como una esponja que absorbió los minerales, que a su vez usaron al tronco como molde para formarse. De forma que lo que fue un árbol viviente es ahora una pura y dura roca pero con la forma exacta que el otro algún día tuvo, nudos y anillos incluidos.

En el museo de la estación, que pudimos visitar luego, se pueden ver también piñas y otros materiales orgánicos ahora convertidos en piedra. Ni que decir tiene la espectacularidad del descubrimiento -para nosotros- y lo pequeño e importante al mismo tiempo que uno se siente al ser testigo de procesos que han durado mucho más de lo que nuestra especie lleva en el planeta. Además de la vista, espectacular, con la que nos hicimos una foto en lo más halto de la montaña. En la foto, no es que seamos así de tontos, es que con los fuertes vientos casi se nos cae la cámara y por eso tenemos esa cara.

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A la vuelta, para no perder la costumbre, se nos quedó el coche atrapado en la arena, y en tan solitario lugar los únicos que iban a venir a rescatarnos eran los guanacos. Gracias a la pala que ya llevamos siempre, y a la habilidad adquirida (yo creo que ya me puedo ir al Dakar) conseguimos salir del atolladeros, pero la recomendación general es tomar para entrar y salir el camino desde que está más al sur, ya que aunque el otro desde el norte parezca que nos puede salvar unos kilómetros no recomiendo recorrerlo a no ser que llevemos la furgoneta del Equipo A.

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O
ooootra vez el coche en la arena.

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M
í que monos.

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aisajes chulos

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January 18, 2014
by María José Durán
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Empieza la aventura: Puerto Madryn/Península Valdés

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Casi, casi, casi vimos ballenas y orcas. No hubo suerte para nosotros en una de las reservas biológicas más visitadas por la conservación de mamíferos marinos, pero la Península de Valdés nos ofreció una gran acogida al país argentino con cena de cumpleaños incluida. Situada junto a la turística ciudad Puerto Madryn, se trata de un apéndice al atlántico gaucho con forma de pingüino (y donde, además, se pueden ver estas aves). Más de 3.500 km² de patrimonio de la humanidad que recorrer por caminos de ripio entre el más estricto desierto pampero, fauna local cruzando los caminos constantemente y la posibilidad de observar en su hábitat natural a algunos animales alucinantes.dscf0309

El día anterior a mi cumpleaños condujimos desde Talca, Chile hasta Neuquen, Argentina. 800 kilómetros de aperitivo. Lo más sorprendente del cruce de Los Andes desde el oeste al este es la rápida transformación del paisaje desde la vegetación boscosa, verde y abundante chilena hasta el desierto argentino en cuestión de unos pocos kilómetros. A pesar de la igual latitud y similar longitud de ambos países las diferencias son perceptibles en apenas unos miles de metros desde el cruce de la frontera. La temperatura, el paisaje se vuelven áridos por la imposibilidad de las nubes lluviosas provinientes del Pacífico de cruzar la Cordillera de Los Andes con una gota de agua. A partir de ahora nos sumergimos en la pampa argentina, extensa (extensísima) llanura sin vegetación arbórea, o sea se, ningún matojo que te llegue ni a la cintura. Las carreteras también cambian, cuando uno torna al país gaucho se convierten en una línea recta interminable.

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Unos kilómetros antes de cruzar la frontera está Lonquimay,  un pueblito chileno araucano situado entre montañas y bosques, verdes los campos y claras las aguas que bajan de la Cordillera. Unos kilómetros adelante, la Reserva Nacional Alto Bio Bio sirve de frontera entre los dos países, donde la población de cipreses de la cordillera y araucarias (esta última bastante sorprendente en algunos ejemplares) se va desvaneciendo a medida que nos acercamos a Argentina.

No fue sencillo cruzar la frontera, hasta tres intentos y dos viajes de vuelta a Chile nos costó que nos dejaran pasar a su país, con gran ayuda de la amabilidad del personal del paso a pesar de que casi nos llevan a la trena por meter en Argentina un pomelo y unos filetes empanados. Después de todo el día condiciendo aquí y allá llegamos a Neuquén, ciudad de medio tamaño muy europeizada y de clima similar al andaluz nuestro. Cenamos en un sitio bastante agradable y comenzó el día de mi cumpleaños con dos red bull y una cajetilla de tabaco para seguir conduciendo hasta Puerto Madryn, un total de 1.500 kilometracos desde que salimos desde Talca, de una sola tacada. Lo que se nos había olvidado es que ya no somos ningunos niños y el cuerpo se resiente de semejantes excesos, por mucho que nos turnáramos para dormir. Así que el día de mi cumpleaños lo pasamos con esa rara sensación permanente de que te acabas de despertar.

Puerto Madryn es una ciudad muy turística, a la Benalmádena, grandes playas, inmensidad del Atlántico, buenos servicios y establecimientos para turistas. Ah, y buen frapé de dulce de leche, que no se me olvide. Pero para nosotros Puerto Madryn no era sino la puerta de entrada a donde realmente queríamos pasar el día de mi cumpleaños: en la Península de Valdés.

dscf0235Patrimonio de la humanidad por su fauna, recibe turistas de todo el mundo por sus avistamientos de ballena austral y de orca. La mala suerte nos trajo a este mágico punto del planeta en el mes de enero, cuando ninguna de estas dos especies aparece por el lugar. No obstante, lo que sí vimos fueron pingüinos, elefantes marinos, lobos marinos y una playa increíble por lo inmensa, las geniales vistas y el buen ambiente. En particuar, la visita a la pingüinera al atardecer resultó de especial encanto: a esa hora, la especie magallánica vuelve a sus nidos de todo un día de correrías en el mar. En la reserva han instalado un observatorio junto a uno de los mayores asentamientos de este pingüino, tan cerca que uno puede extender la mano y tocarlos si se atreve.

Justo junto a la playa Puerto Pirámides se encuentra el camping, único en la península, totalmente recomendable. Aunque cuidado si no andamos en un 4×4 no quedarnos encallados en la arena. A nosotros nos pasó no una sino dos veces, y aunque la primera conseguimos con la ayuda de otros campistas salir del atolladero, la segunda tuvo que venir la policía para remolcarnos.

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La localidad de Puerto Pirámides bien merece una visita, en particular el restaurante La Estancia, buena música y buen marisco, donde celebramos la cena de mi cumpleaños. A pesar del alto precio de la entrada a la Península, sobre todo para extranjeros (130 pesos argentinos cada uno, unos 15 euros) bien merece la pena pagarlos, además de por la playa y la fauna lo curioso de la sensación de conducir por el istmo de una península en el que puedes ver el mar al mirar a los dos lados.

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Playa de Puerto Pirámides.

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Ese elefante marino me mira raro.

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Más pinüinos (mis colegas).

 

 

 

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January 10, 2014
by María José Durán
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Próximo Destino: ¡Fin del mundo!

En unos días comienza el gran reto: conducir hasta el fin del mundo. La friolera de 3.700 kilómetros sin desviarse desde Santiago hasta Ushuaia, y eso solo de ida. Para ilustrar y que os imaginéis un poco cómo va el tema me he hecho este cutre-mapa (con el Paint, lo reconozco, pero para ser en el Paint me ha quedado bastante profesional) con la ruta aproximada. Las partes que no existen es porque todavía no sabemos cómo vamos a recorrerlas, y obviamente los caminos en rojo son ferrys que debemos tomar. mapa viaje patagonia

Debo advertir que más que un camino totalmente decidido se trata de una idea de lo que queremos hacer, que teniendo en cuenta lo voluble de nuestras voluntades puede cambiar, doblarse o acortarse a la mitad. El Objetivo es llegar a Punta Arenas el día 20 de enero de 2014, para lo que salimos el día 13 desde Talca. Cruzaremos Argentina por Neuquén hasta la Península de Valdés, donde pasaremos mi cumpleaños (el día 14, no se os olvide felicitarme) y con un poco de suerte ver alguna ballena rezagada u orca adelantada a su época de paso. Seguro: leones y elefantes marinos, pingüinos y muchos pájaros.

Después de eso, bajando por al ruta 3, hay unas cuantas paradas que me gustaría hacer en el camino: Puerto Deseado, el Bosque Petrificado, Puerto San Julián, el Parque Nacional Monte León… Pero aún no se cuáles será conveniente o nos dará tiempo de visitar, teniendo en cuenta que el día 18 queremos estar en Ríos Gallegos para cruzar el mítico Estrecho de Magallanes y tomar el camino a Ushuaia. Una vez ahí, contrataremos la excursión de turno para ver el Cabo de Hornos y el fin del mundo.

En Punta Arenas pasaremos unos días, hasta el 23 o el 24 de enero, y de ahí comienza la subida de vuelta a Chile por la Ruta Austral (visita obligada a Torres del Paine) hasta Chaitén, desde ahí ferry a Quellón y recorrer en coche dirección norte todo Chiloé. Esto que acabo de resumir en unas líneas es la parte más larga del viaje y quizás nos lleve unas tres semanas para ver todo lo que queremos.

En fin, este es más o menos el plan, aunque como siempre el mejor plan es improvisar y así nos conduciremos por esos caminos a lomos del Hyunday Accent que esperamos sobreviva a tanto trote. Me reportaré, si puedo y se tercia, de vez en cuando, y traeré de vuelta un montón de historias que contar. Lo prometo.

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January 6, 2014
by María José Durán
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El Lago Cabrera, el cementerio de alerces

El Lago Cabrera es un lugar desconocido. No aparece en los mapas turísticos, pero su extraña belleza y lo sorprendente de su paisaje merecen unos cuantos caracteres en esto del Internet. El lugar lo domina esa atmósfera enigmática y tenebrosa de aquellos que han sido arrasados por una tragedia. Una erupción volcánica en los años 60 convirtió un hermoso bosque de alerces en un cementerio. Más de veinte personas perdieron sus vidas aquel día.

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Hornopirén, el municipio desde el que se accede, es la capital de la comuna de Huincahue. Casas de madera, un supermercado cada tres viviendas (es todo un fenómeno la cantidad de tiendas que hay en estas pequeñas localidades, pero de eso hablaremos otro día), lugareños amables y, ¡atención!, calles adoquinadas. Por eso se nota que es la capital, los demás pueblos aún tienen pavimentos de ripio. Además tiene una peluquería y el Tsunami, una discoteque que dice ser “el mejor carrete (fiesta) austral”.

Junto a la villa se encuentra el Parque Nacional Hornopirén, con su volcán y todo, en el que se puede hacer una dura ruta de treking de más de siete horas. Sin embargo, si el lector está buscando algo más factible para los seres humanos sedentarios aquí tenemos la solución. Por consejo del señor dueño del camping, un sureño de unos 65 años bastante adorable que además de arrendar su pedacito de tierra a los campistas se dedica a hacer fletes (transportes), nos decidimos por una ruta distinta a la recomendada en las guías turísticas: la subida al Lago Cabrera.DSCN97221

El lago ocupa la depresión formada por un antiguo glaciar que descendía desde el volcán Yates. El camino para llegar no tiene complicaciones, es un carril de ripio que puede recorrerse en coche (ahora, no les vaticino larga vida a los amortiguadores). Calculamos que son unos 12 kilómetros entre ida y vuelta, en total unas cuatro horas de ascenso y tres de descenso a buen paso. La entrada al camino se encuentra justo antes del puente que hay pasando el pueblo hacia el sur, a la izquierda. Solo hay que seguir un par de indicaciones, mantenerse en el camino principal y estar atento a las pasarelas de tablas construidas por nativos para evitar los barrizales. Por lo demás no tiene pérdida.

A medio camino nos asaltó Laura Toledo, guía profesional según se describió ella misma. Hace un circuito por las cascadas “muy lindo”, explica todos los árboles y “demás”. Declinamos la oferta de esta mujer de tez india, empeñadas como estábamos en llegar cuanto antes al dichoso lago, y más tarde nos arrepentiríamos de habernos ahorrado esas pocas lucas (mil pesos). En los últimos metros la espesa vegetación del sendero da paso a una llanura de tierra volcánica y restos de árboles quemados, como diría Íker Jiménez, uno siente que allí pasó algo.

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El 19 de febrero de 1965 el río de lava resultante de una explosión del volcán Yates se llevó por delante gran parte del alerzal a orillas del lago Cabrera y las vidas de 28 personas, 26 según las fuentes oficiales. Las familias que allí vivían, que se dedicaban a la explotación maderera del alerces, fallecieron al completo aquella misma noche, y nunca se encontraron los cadáveres. En su memoria, los nativos han instalado un pequeño cementerio y una capilla para la oración. Apenas son unas tablas de madera y una casita, pero es sorprendente lo católicos que son en estos lugares tan apartados.

El alerce patagónico, o Fitzroya, no tiene nada que ver con lo que en Europa entendemos por alerce, que es una especie de pino. De hecho, solo existe entre los 40º y los 43º de latitud sur, en Chile y Argentina. Son muy longevos, y su crecimiento es muy lento (según la creencia local, sus troncos crecen un milímetro al año, pero no sé si este dato es muy científico) lo que hace su madera muy resistente a la pudrición. La tala masiva e indiscriminada de esta especie fue una realidad hasta que en 1977 el Gobierno chileno hizo del árbol un monumento nacional. Actualmente está prohibida la tala de su madera, y solo puede ser aprovechada si el árbol ya está muerto. Por su resistencia son muy utilizados para el revestimiento de casas, y su madera es tan cotizada que en algún momento fue usada incluso como dinero. Prueba de ello es cómo a pesar de haber sido pasto de las llamas y el paso de la lava aun quedaban troncos en el erial que servía de puerta al lago, ahora usados por pequeños arbustos y líquenes para comenzar la vida de nuevo en el bosque carbonizado.

Durante el camino, largo, rodeado de espesa vegetación y falto del aliento de paisajes o miradores, nos preguntábamos en silencio si merecería la pena tanta caminata. Al salir del bosque nos sorprendió un paisaje casi lunar, desolado, rodeado de montañas y el volcán nevado al fondo. Arenas oscuras, volcánicas, troncos cadáveres nos conducían por el camino del cementerio de alerces. Algo de flora y nada de fauna comienza a abrirse paso entre la nada. Al final el lago, una playa generada por años de evaporación del agua que ni aún en el fin del mundo es ajena al calentamiento global, dos vacas pastando y una cabaña cuya chimenea humeante nos hacía extrañar el calor del hogar. Empezaba a llover y llegaba la hora del almuerzo.

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Unos chicos navegaban por el lago en una pequeña barca, pero por más que los saludamos no quisieron llevarnos, según mi compañera de viaje porque yo llevaba uno de esos ponchos de agua que son una bolsa de plástico con agujeros y parecía una gringa o una extraterrestre. Tras la comida, pan amasado y queso que habíamos comprado en el pueblo, emprendimos el camino de vuelta. Bajamos corriendo bajo la lluvia, cantando para mantener arriba el ánimo pero colmadas de ese sentimiento cálido de la experiencia que supera, con creces, las expectativas puestas en ella.

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