July 12, 2015
by María José Durán
0 comments

Fin de capítulo

Bonn, Alemania, 10/07/2015
Ha querido el azar que la antigua capital de Alemania Occidental sea el cierre de un capítulo de mi vida transcurrido en el otro lado del mundo. Uno que ha durado dos años, y al que ahora pongo punto y aparte para continuar en el siguiente renglón, con palabras todavía desconocidas, el curso de este viaje que es mi vida.

Hace unos minutos paseaba yo por el antiguo cementerio de Bonn por sugerencia de Juan e Irene, dos zaragozanos con los que me crucé en el camino en Chile y que ahora son mis perfectos anfitriones en esta parte del mundo. A mí la muerte siempre me ha interesado mucho. Desde leer las esquelas en los periódicos para enterarme de la vida de la gente hasta un potencial negocio de obituarios por encargo que yo y la mujer de mi padre quisimos montar, quememueroensevilla.com (ojo que tengo registrado el dominio).

Ángeles caídos,  cruces de metal y hasta pequeñas torres góticas presiden los pasillos del camposanto. Casi ningún muerto es reciente, las propiedades debieron haberse comprado todas en el siglo XIX y solo aquellos cuyas familias adquirieron el suelo bendito tiempo atrás tienen el privilegio de descansar para siempre aquí,  a solo unos minutos andando del centro de Bonn. Lo mejor de estos enterramientos familiares es que a un solo golpe de vista una se inventa el pasado de la familia. “Uy, esa debía ser la madre, 80 años vivió.  Y el marido se le murió a los 50. Esa debía ser su hija, ah la pobre se moriría de tifus con tan solo 20 años, qué pena.”

Una tumba en particular llama mi atención.  Su descuido no puede esconder la opulencia que otrora revistió las ceremonias fúnebres de la familia. Presidiendo el fantástico monolito, el perfil de una mujer rodeado por una corona de hojas. Annie Matilde Ebbinchaus, nació en 1852 en Valparaíso y murió a los 35 en Bellagio. Qué gran mujer debió ser para dominar tremendo espacio. Justo debajo, casi escondido, el que sería su marido, Carl Ebbinchaus, nacido en 1833 y fallido en 1911.

Mi imaginación se dispara. Una chilena, probablemente llamada Ana Matilde, de la que se enamoró perdidamente un rico señor alemán. Su amor los llevó hasta este lado del Atlántico, pero el delicado cuerpo de ella no resistió bien los duros inviernos alemanes y finalmente murió en un retiro italiano en busca de un clima mejor. Él,  loco de amor por ella, le construyó a su joven esposa muerta el mejor monolito del cementerio,  con su perfil tallado en él para ser admirado por generaciones venideras.

Quién supiera la verdadera historia,  pero a mí la mía me gusta bastante. Sobrecogida por el descubrimiento de aquella hija de mi segunda patria chilena bajo tierra delante de mí, me acerqué al pozo del cementerio donde recojí una regadera para dar agua a las secas hiedras que cubren la tierra sobre la que ella reposa.

Una vez satisfecha, le hago un saludo medio marcial medio familiar y me dispongo a partir. Sin mirar atrás devolví la regadera y me encamino a la salida.

Este encuentro, que a usted querido lector le pueda parecer banal para mí significó mucho. Ese punto que estaba buscando para terminar, o continuar la historia,  que hace  dos años comencé con Chile. Despedido mi trabajo santiaguino, mi bici con alas y el departamento donde fui feliz, no quedan en aquellas tierras del fin del mundo más que un puñado de buenos amigos que algún día volver a visitar.

No veo el momento de seguir adelante,  después de este paréntesis europeo para conectar con el mundo del que vengo y retomar cariños, en un nuevo destino al otro lado del charco pero esta vez, en el mismo hemisferio.

En San Diego me esperan nuevos retos, nuevos amigos, nuevos caminos. Un mundo nuevo que hacer mío.  Les llevo en el corazón y en el ánimo, queridos lectores míos.  Hasta el próximo blog, el próximo cuento,  la siguiente vida que contar. Adiós, adiós,  hasta siempre.

May 1, 2015
by María José Durán
Comments Off

La Mudanza Vol 2: Este depto se cae a cachos

20141201_132106

De verdad que hay cosas en la vida que le pasan a una por rata y querer ahorrarse unos pesos, pero la consecución de hechos que aquí me dispongo a relatar sobrepasa los límites de la imaginación. Ya os había contado en el capítulo anterior lo que pasó con el “”camión”" (con muchas comillas) de mudanzas que arrendamos para mover todas nuestras cosas a Santiago. Pues bien aquel día en aquella primera cena en el departamento, cuando todos sonreíamos mirando felices a la cámara no se nos ocurriría pensar lo que íbamos a tener que pasar en ese piso.

Aquella misma noche nos dimos cuenta de que no funcionaba el agua caliente. Le dimos vueltas al termo eléctrico (que nos habían asegurado que funcionaba), pero por no tener no tenía ni botones que apretar por ningún sitio. Un poco frustrados nos fuimos a la cama sin ducharnos después de un día duro, aunque abrazarse por primera vez en la que de ahí en adelante sería nuestra cama, ayuda.

Los días próximos fueron un total y completo desastre. Lo siguiente que nos dimos cuenta de que no funcionaba fue la cocina. Una pequeña cocina eléctrica de dos fogones, pero que nos habían garantizado (también) que funcionaba. Bueno, no sé yo qué entenderá mi casera por “funcionar”, pero yo creo que si una cocina no hierve agua es que no funciona. Aquel día el Miles tuvo todo el día entero una olla con habichuelas cociéndose lentamente para que pudiéramos cenar algo en casa.

Mi padre me había prometido regalarme algo para el piso nuevo, y yo le dije que nos hacía falta una lavadora pero una que odia los “mall” pues se decidió a hacer la compra limpiamente por internec. Después de varios días mareándome por las distintas páginas web que venden cosas para la casa, a mí me parecían todas iguales, pues para qué me iba a gastar más dinero del necesario. Por rata, que sí, que me podía haber comprado la lavadora que quisiera, hasta una de esas que son secadora también, que me la regalaba mi padre. Pues no.

La lavadora llegó el mismo día que el “maestro” (así se llama aquí en general a albañiles, manitas y demás oficios relacionados en Chile) estaba arreglando el agua caliente. La buena noticia es que el señor consiguió que el termo eléctrico funcionara, y la verdad que el agua salía aceptablemente caliente. Pues sin decirle una palabra a nadie el señor abrió la lavadora y nos la colocó en su sitio. Mientras, a mí que estaba en el trabajo me llamaban del Falabella Online y me grababan diciendo que si abría el producto significaba que lo aceptaba.

20150501_154936

Cuando llegué a casa aquel día Miles hacía todos sus esfuerzos para disimular el agobio que tenía encima, con resultados no muy aparentes. Me dijo “baby, la lavadora no es… lo que yo pensaba”. Claro, ni él ni nadie. En serio, esa lavadora es el cacharro más tonto que he visto yo en los días de mi vida. Primero, tienes tú que echarle el agua con un tubito, la que tú quieras. Después darle a la ruleta para que lave. Después darle a un botón para que desagüe. Echarle agua otra vez. Ruletita para que enjuague. Desagua de nuevo, ruletita para que se seque un poco (MUY POCO), y ya está la ropa mojada para tardar tres días en secarse. Vamos, que en vez de lavar la lavadora, lavas tú. En el paquete ponía que era “semiautomática”, pero yo creo que más bien era “semi” solo. Mi primer reflejo fue llorar un poco, quitar la lavadora de donde estaba, volver a meterla en la caja y esconderla detrás de una cortina.

Decidida a lidiar con todos mis problemas lo más pronto posible, la racha continuaba. Mi pololo (novio) se volvió para Talca en el auto, que si ustedes recuerdan tuvimos que llevar a Santiago porque no nos cabía todo en la cutre-camioneta de mudanzas. Al Hiunday Accent del año la polca hay que darle el mérito de habernos llevado al fin del mundo, y vuelta, sin grandes problemas. Increíble que aquella lata sobreviviera carreteras llenas de agujeros, quedarse atrapado en montañas, y nada más porque nunca nos pasó nada más. Pues después de todo eso, va mi novio de vuelta por la Autopista Panamericana, y se queda “en pana”, vamos que se le calentó el coche y desde entonces hasta el día de hoy ha estado de un taller a otro esperando a ver qué pasa con él.

Cuando después de tanto trajín el Miles quiso darse su primera ducha, yo no quise decir nada por si no le pasaba lo mismo que a mí. Durante mi primera experiencia dentro de la bañera el agua caliente me había aguantado CINCO MINUTOS. En serio, ¿un termo de 30 litros, solo cinco minutos de agua? A lo mejor como él es más rápido no le pasa, me dije yo misma. Pues bien, le pasó. Salió de la ducha con la cara de derrota más absoluta que he visto en los días de mi vida.

A pesar de todo ni la ducha ni el maestro curado (borracho) ni la lavadora más tonta del Universo nos derrotó. Para conocer el desenlace de la historia y cómo logramos hacer de este un sitio habitable y un nidito de amor, tendrán que esperar ustedes al próximo capítulo… Muaajajajajaja

March 2, 2015
by María José Durán
0 comments

La Mudanza Vol. 1: El camión o la camioneta

truck 1Era viernes por la noche, y el viento refrescaba una calurosa noche de verano austral en el barrio Bellas Artes de Santiago de Chile. Nos sentábamos en una mesa frente a amigos y cócteles  de colores. Por primera vez desde que todo comenzó las risas nos acompañaban al contar la historia de nuestra mudanza. Ahí fue cuando dije: es el momento de escribirla.

Resulta que mi pololo (novio), que hasta hace unos meses vivía en Talca, unos 300 km. al sur de Santiago, un buen día decidió dar el paso de venirse a la capital. No solo por estar juntos de una vez y dejarnos de autobuses dos veces por semana, también porque Talca es uno de esos sitios en los que hay de todo, pero hay uno solo de cada cosa, y claro pues uno se aburre. Total que comenzamos la trepidante búsqueda del departamento en Santiago.

Hoy día de verdad que me siento afortunada de vivir donde vivo, y tener el departamento que tengo, ahora que todo ha terminado. Sobre todo porque hay gente que se pasa los meses y los meses tratando de encontrar departamento en esta ciudad y no lo consigue, y eso es porque los pisos disponibles (para una pajera joven y de nivel de ingresos medio) son de dos tipos: cajacerillas, o sitiosdemierda. Me explico, los primeros están los bloques de departamento nuevos, medianamente bien terminados, con su ascensor, su suelo de mármol, cocina y baño nuevos, pero las habitaciones son del tamaño que necesitaría un hamster para vivir. Los sitiosdemierda son un poco más amplios, no tienen buenas terminaciones y normalmente están ubicados allí donde cristo perdió la zapatilla, o el gorro, nunca me acuerdo de lo que era.

La verdad que la decisión de arrendar nuestro departamento fue un poco impulsiva: fue el segundo que fuimos a ver. Pero nos decidimos por dos razones: la localización era la mejor que hay en la ciudad, y el sitio tenía alma. Sí, tenía algo especial, no como el resto de cajacerillas o sitiosdemierda que se ven todos iguales unos a otros y que lo único que cambia es que o bien el livin (salón) sea de un tamaño normal y tenga una sola pieza, o tenga dos piezas y el livin sea un zulo. Total que nada más verlo nos enamoramos de él, y en menos de tres semanas estábamos firmando un contrato de un año para vivir en el susodicho.

Miles y mis siete maletas que contienen todas mis posesiones

Miles y mis siete maletas que contienen todas mis posesiones

Lo primero era contratar un camión de mudanzas que trajese desde Talca los muebles de Miles, que yo como he estado viviendo de prestaíllo lo que tengo me cabe en una maleta (en realidad son siete maletas, pero esa es otra historia). Empezamos a ver cosas, y oiga no había ni uno que nos saliese por menos de 300.000 pesos chilenos, o sea unos 400 euros. Un poco excesivo parecía para una mudanza de unos pocos de muebles y 200 kilómetros. Pero rata que es una, y por ahorrarle unos pesos a mi pololo (que lo iba a pagar él, no yo) preguntando preguntando encontré un amigo de un compañero de trabajo que nos lo hacía por $150.000. Lo acordamos todo, el domingo por la tarde venía y nos hacía la mudanza.

Cuando vimos entrar en el aparcamiento del departamento de Talca a una camioneta de esas pick-up, más bien pequeñita, con el remolque más enano que yo haya visto en mi vida, ya nos empezamos a mirar con cara rara. Pero cuando se abrió la puerta de esa camioneta, y no solo salió el señor de la mudanza, sino su mujer embarazada de 8 meses y sus dos hijos de edades comprendidas entre los 5 y los 9 años, ahí ya nos dio el patatús. Nos miramos y dijimos, aquí no cabe todo, vamos a tener que dar un viaje con el coche. Yo pensaba que ni con el viaje de nuestro coche, que era imposible que un sofá de dos piezas, una cama de dos plazas con cabecero, una mesa de comedor con sus seis sillas, una estantería grande, un mueble de cajonera, otro mueble de la tele, cajas y maletas varias cupieran en ese espacio. Vamos, cómo metes tú lo que es una casa entera en un maletero normalito.

Otro ángulo de nuestra "camioneta" de mudanzas

Otro ángulo de nuestra “camioneta” de mudanzas

Empieza el señor de la mudanza a poner cosas en maletero de la pick up unas en lo alto de las otras y a fijarlas con cuerdas así a ojo de buen cubero, y la cara de mi pololo se va poniendo cada vez más colorada. Ya estaba que le iba a dar algo, con los niños cogiéndonos las cajas y cambiándolas de sitio todo el rato, la señora que parecía que iba a romper aguas allí mismo y la montaña de cosas cada vez más grande. Yo sintiéndome mal, claro, porque la historia la había conseguido yo y era culpa mía. Encima no nos ahorrábamos mucho, porque con el viaje que teníamos que dar en el auto, entre gasolina de ida y vuelta y peajes nos salían otros 50.000 pesos. Total, que vaya negocio habíamos hecho. Pero ya estábamos allí y no había nada que hacer más que afrontarlo, así que partimos hacia Santiago los dos coches, los dos llenos de cosas hasta las trancas. La expresión de la cara del Miles cuando vio alejarse su montaña tambaleante de cosas no tenía precio.

Con ayuda de los dioses llegamos hasta nuestro nuevo departamento y poco después también la camioneta, de la cual milagrosamente no se había caído nada. Subimos todo con la inestimable colaboración de dos amigos, la Hanna y el Mati, y pusimos las cosas más básicas en su sitio. Así y con comida del chino  de enfrente tuvimos nuestra primera cena en el departamento, acompañados de buenos amigos y aunque cansados y estresados, felices por haberlo conseguido. Lo que no sabíamos todavía era lo que nos deparaba el departamento. Pero eso lo dejaré para el próximo capítulo. Hasta entones, les dejo con esta instantánea de nuestro primer momento feliz en la nueva casa:

first dinner

Yo, Miles, Mati y Hannas (de izq. a dcha.)

 

December 24, 2014
by María José Durán
0 comments

Pequeño Cuento de Navidad a 30 grados a la sombra

 20141223_165329_resized
Como a mí por suerte o por desgracia no se me aparece ningún fantasma de navidad pero me pasan unas cosas que colgando parecen bolsas, pues he escrito este post mientras espero en la plaza de armas de santiago, no fumando sino comiéndome un helado de naranja.
Pues resulta que esta mañana me olvidé las llaves en casa. Cosa normal, dirán ustedes, qué tiene de especial si me pasa todo el rato. Pues no mucho, aparte de que estaba sola en mi casa y no podía volver entrar. Por suerte me di cuenta a tiempo y quedé a comer con una amiga que tiene llaves de mi casa para que me las diera. Me pego el pique (la paliza) de ir en bicicleta hasta donde trabaja ella, comimos, hablamos de todo, arreglamos el mundo, y de vuelta pa la casa (la friolera nunca peor dicho de 12 kilómetros a 30 grados a la sombra).
Cuando llego a la puerta misma de mi casa me doy cuenta de que se me ha olvidado pedirle las llaves y no puedo entrar. De los nervios se me cae el teléfono al suelo y se me raja toda la pantalla. A todo esto mañana con el panorama de la nochebuena y tener que comprar regalos todavía y preparar las cosas para la cena.
A punto de salírseme las lágrimas por los ojos, me acordé de lo que digo siempre y que a ver para qué me voy a deprimir si me puedo ir de tiendas. Así que hice deshonor de aquello de consejitos vendo que pa mi no tengo y aprovechando que vivo en el centro me lancé al Christmas shopping.
Al poco rato me di cuenta de que había sido mala idea, porque iba cargando de la bici (sin candado, que las llaves se quedaron con las cosas) y lo único que me había comprado han sido cuatro vasos del chino, por comprarme algo. Hartita de calor y de dar vueltas me siento en un banco de la plaza de armas de Santiago, que nos la acaban de reformar y está muy mona y muy cómodos los bancos. Una pena que lo hayan calculado mal y se les hayan quedado casi todos al sol, pero esa es otra historia.
20141223_172352_resized
Tras regalarme un helado de naranja a uno de los señores que venden nevera de poliespan en mano por todo Santiago, me dispongo a escuchar al predicador de turno en ese lado de la plaza. Es costumbre en la plaza de Armas tener siempre por lo menos un par de predicadores (católicos, evangélicos… lo que venga) para animar la tarde. También hay un club de ajedrecistas y unos pocos pintores, así de pintoresca es la escena de la plaza más importante de Chile una tarde de inicio de verano.
Así fue cuando me enteré de que dentro de mí hay un tal Niño Jesús y de que los regalos del Viejito Pascuero me van a llevar al infierno si se me ocurre comprarme una docena de calzones amarillos. Al señor predicador se lo había dicho una niña predicadora de 13 años en Venezuela, así que debe ser verdad verdadera.
¿Y quién es el Viejito Pascuero? Estarán pensando ustedes al otro lado del Atlántico. Pues nada más y nada menos que el Papá Noel, San Nicolás de toda la vida, que aquí le llamamos así.
Al final conseguí volver a entrar en mi casa muy orgullosa de mí misma por no haber llorado en toda la tarde, a pesar de lo de las llaves y lo del teléfono y lo del Niño Jesús que va a nacer esta noche, y de que lo único que me había comprado eran unos vasos en el chino que me pesaban en la mochila y me dolía la espalda.
Pues hasta aquí mi mensaje de amor y de paz en esta nuestra Nochebuena, que tengan ustedes una muy feliz Navidad, haga o no frío, estén o no hasta las trancas de comida y mantecados. ¡¡¡Y que el Viejito Pascuero os traiga lo que habéis pedido!!!

December 1, 2014
by María José Durán
0 comments

El chacarero

yo y el chacarero

Yo haciendo el ridículo en la tele para variar

Acá en Chile tienen un sándwich que se llama El “Chacarero” y que hace poco la Revista Time dijo que era uno de los 13 mejores sándwiches del mundo mundial y claro, ahí estuvimos los medios una semana dale que dale con el chacarero. Y yo no iba a ser menos, porsupestísimo.

chacarero

El chacarero

El “Chacarero” está, si me preguntan a mí, de bueno regular. No es que esté malo, pero tampoco es una cosa como para poner en revistas internacionales. De ahí el revuelo. Sus ingredientes son, un pan como redondo que ponen aquí para los sándwiches, carne de “churrasco” (a.k.a. de ternera pero más bien regular tirando a suela de zapato depende del local), porotos verdes (habichuelas), tomate, ají y mayonesa a gusto. Con lo que les gusta la mayonesa en este país, es medio bote por sándwich, se lo digo yo.

El que escribió el artículo ese de la revista Time digo yo que querría hacerse mucho viajado, y como Chile pilla a trasmano de todo lo demás pues dijo, voy a poner algo de allí. Porque si no yo no me explico cómo el “chacarero” entró en la lista y el “serranito” no. Para los que sean de fuera de Sevilla y alrededores: el serranito es el mejor bocadillo (sándwich) que ha dado el mundo mundial, y el que no se lo crea que se vaya a cualquier bareto inmundo sevillano y pruebe uno.

serranito-2

El Serranito – la foto no le hace justicia, por favor alguno de mis amigos que me envíe una donde se vea el ali oli para que yo pueda salivar agusto.

El “Serranito” va en pan de viena andaluza, que tiene una gran consistencia. Lleva filete a la plancha de cerdo o de pollo, según le guste, pero la carne más bien comible, de la que das un bocado y no te llevas el trozo entero. Loncha de jamón serrano –los más caros pueden llevar de corte, aunque a veces ponen del envasado al vacío. No importa, está bueno igual-, pimiento verde frito con aceite de oliva, tomate y ali oli. Para los que no lo sepan, el ali oli es como la mayonesa pero con un fino toque de ajo y perejil que hace su sabor mucho más envolvente. Una vez hice una encuesta en Meristation y salió como mejor salsa de un total de siete, el ali oli, claro está. Como ustedes verán, el del artículo no ha ni siquiera olido un serranito en toda su vida.

Bueno María José, ¿qué tienes tú mejor que hacer un viernes por la noche que irte a comer chacareros? Porsupuestísimo que nada, así que allí me fui yo, con todo el equipo, al restaurante Tío Manolo a probar, por primera vez en mi vida y ante las cámaras de la televisión, el chacarero. Ahí les dejo el video como muestra de que todo fue verdad y no me lo estoy inventando:

Pues bien, yo tenía preparadísimo todo mi discurso sobre el serranito y por qué no lo habían metido en el dichoso ránking de sándwiches, cuando me llaman por el retorno que le dé más vida al directo, y no querías más vida, potoma tres tazas, que le doy un bocado de Homer Simpson al chacarero que tenía más mayonesa que Ybarra y se me llena todo. La boca, la cara, las manos, el micrófono, la trenza, y hasta la Señora Jocelyn. Jiji jaja, unas risas, pero con la boca llena me quedé sin decirles a todos los chilenos y chilenas que en mi tierra hay un bocadillo que a mí, personalmente, me gusta mucho más.

Y por eso se lo cuento hoy aquí a ustedes, para que sepan que eso con el serranito no me hubiese pasado, porque el ali oli tiene un sabor mucho más envolvente que la mayonesa convencional y no hay que echarle en cantidades industriales, oiga. Eso es todo. ¡Agur!

PD: No, el serranito no lleva tortilla. Me da igual lo que digáis.

October 24, 2014
by María José Durán
0 comments

La mofa de las cédulas/Se te cayó el carnet

Es que hay cosas en este país que a mí me hacen mucha gracia. Vaya usted a saber cómo en un país donde viven 16 millones de habitantes –o algo así, el último censo resultó otra mofa- a casi un millón se les caduca el carnet al mismo tiempo. Porque yo es que no me lo explico.

Para ser exhaustiva y buena periodista, les diré que eran 800.000 personas las que, de pronto, un día, se les caducaba la cédula a todas a la vez. Ese día era el 30 de septiembre de 2014, para empezar octubre con buenas vibras. Y bueno, como se dio cuenta el Gobierno de que esto era así, se imaginó que todos los chilenos iban a ir el mismo día a renovarse el carnet, y por una vez pensaron en hacer las cosas bien y que no quedara la cagá. Así que desde julio estamos con la campaña de que la gente vaya al registro civil, abriendo todos los sábados, y tal.

yo cola cedulas

Yo muerta de risa con las colas inexistentes.

Claro, cuando llegó el día, todos los periodistas estaban tirándose de los pelos con las colas que iba a haber. Y, como pasa casi siempre en este país, se equivocaron todos. Es una cosa muy graciosa porque les pasa todo el rato, y no es que tengan mala intención, que no, es que les sale mal la planificación. Ejemplo: hay un fin de semana largo y ya, te mandan a que te vayas a tal punto de las carreteras porque va a quedar la cagá y nosequé. Llegas allí y normalidad. Te mandan a la plaza Baquedano porque el metro no funcionó durante el día y va a quedar la cagá, llegas allí y normalidad. Pues eso, te mandan a hacer el súper reportaje de las colas en el registro civil el día que a medio país le caduca el carnet, y llegas allí y no hay ni un cristo esperando.

Mientras que los demás compañeros se empeñaban en vender aquello en sus directos como podían (a la de TVN de Concepción la escuché decir que tenían seis unidades listas para atender a las 170 personas que se habían acercado al registro), yo decidí que la noticia, una vez más, era que el día que se suponía que iba a quedar la cagá había normalidad completa. Aquí les paso el video que me salió para que vean ustedes que no miento.

Bueno, pues indagando un poco más en el asunto, hallé la explicación a que de pronto un día 1 de cada 16 chilenos le caducara el carnet. Resulta que hace un año, que yo estaba todavía comprando mis billetes para venir por primera vez a este bendito país, hubo una huelga en los registros civiles. Ahí sí que quedó la cagá. La gente dormía a las puertas de las oficinas para conseguir un número, los extranjeros podían perder sus visas y sus trabajos, los nacionales que tenían que viajar desesperados… “La cagá”.

Tal fue el caos generado, que como no se podía renovar las cédulas de identidad el Gobierno decidió dar una prórroga a todos los carnets caducados hasta el 30 de septiembre de 2014. Durante todo ese tiempo (un año, la huelga terminó a finales de septiembre de 2013), aquellos cuya cédula estuviera vencida podrían utilizar en trámites, bancos y demás asuntos para los que es necesaria, mientras se normalizaba todo y se renovaban con más tranquilidad. PUM. El resultado fue que de pronto se dieron cuenta de que a tres meses de la fecha de vencimiento del decreto, casi un millón de personas no habían ido a hacer el trámite.

A base de campañas y asaltar a gente, consiguieron que en los tres meses siguientes, hasta el 30 de septiembre, 400.000 accedieran a la cédula renovada. Ahora, el día que todo se acababa, el mundo y las botellas de soda y las sopaipillas en las esquinas y la mayonesa, no pasó nada. Nadie en los registros civiles. ¿Y los otros 400.000 dónde están? Me preguntaba yo, muerta de risa, mientras hacía mi reportaje… Ni están, ni se les espera.

PD: Este video lo terminé con una mención a la expresión chilena “Se te cayó el carnet”, que como también me hace mucha gracia paso a explicárosla:

“Se te cayó el carnet” se dice cuando alguien de cierta edad dice algo que revela que ya ha vivido sus años. Por ejemplo:

-Cuando abrieron ese local en 1923, yo ya iba a la Universidad.

-¡Hala, se te cayó el carnet!

No me digan que no es bonito…

October 1, 2014
by María José Durán
0 comments

El Maldito Guante

Tengo un guante que hacía varios días que quería perderse. Y desde entonces me viene causando problemas. No es que yo crea en supercherías, ni muchísimo menos, pero de la siguiente exposición de los hechos no queda menos que concluir que la base de todos mis problemas fue aquel maldito guante que quería perderse.

Para empezar, los guantes ni siquiera eran míos. Alguien los había dejado olvidados en el salpicadero del auto de mi novio, y yo, que había perdido un guante del par anterior, los tomé prestados para siempre. Eran guantes de mujer, suaves, azul marino casi negro, y me quedaban como un guante. Yo no pedí explicaciones de dónde habían salido aquellos guantes de mujer, ni él quiso tampoco dármelas, así que con un encogimiento de hombros quedó el trueque saldado: yo me quedo con estos guantes y tú no te inventas quién los olvidó.

El par de guantes azules me ha estado acompañando últimamente a todos lados. El frío del invierno santiaguino, y mi problema de circulación hacen que las puntas de mis dedos, mis dedos de los pies y mi nariz estén siempre helados. Yo no me lo puedo explicar, porque hago todo lo que dice el Internet que hay que hacer para tener buena circulación: como espinacas a manojitos (son prácticamente la base de mi dieta), bebo mucha agua, el jengibre es mi condimento favorito y hago yoga como sustituto de un pasado en el que la marihuana no era un artículo de lujo. Pero nada, da igual invierno o verano, los dedos y la nariz siempre los tengo a una temperatura menor que el resto del cuerpo.

mamo contreras

Manuel “Mamo” Contreras y su colega Pinochet.

Comprenderán ustedes por qué siempre debo llevar un par de guantes en los bolsillos del abrigo. Bueno, pues aquel martes funesto no fue una excepción. De la tele me habían mandado de guardia a la puerta del Hospital Militar en La Reina a ver si se moría el viejo “Mamo” Contreras, un dinosaurio de la dictadura de Pinochet que a sus 85 años todavía está dando guerra. “Mala hierba nunca muere”, me decía el conductor en las largas horas de espera. Y las horas pasaron, y allí no habló nadie, ni nos dejaron pasar, ni el viejo se murió ni nada de nada. No había nada que contar, pero igual íbamos a ir en directo, cosas de la audiencia.

Conversaba yo animadamente con el camarógrafo Raúl sobre el yoga y otras drogas, cuando me miré las manos: solo tenía un guante. Me lo había quitado para escribir mi intervención. Revolví toda camioneta del Beta buscando el maldito Guante, con la ayuda de Raúl, hasta que vino el Tito y nos dijo que dejáramos de huevear que íbamos a tirar la antena que estaba instalada sobre un trípode que a su vez estaba sobre la camioneta. Pero yo no desistí y seguí mirando por mi guante desde la puerta de la camioneta, y Tito no me dijo nada porque estaba así un poco agachada y seguro que me estaba mirando el poto (culo), y yo le dejé mirar no más.

yo mamo contreras

Yo antes de que me diera el telele en la tele

En ese momento sonó el teléfono, prevenidos, vamos con ustedes. Todo el mundo a sus puestos, yo a aprenderme de memoria mi papelucho esmirriado, el de las luces a sus focos, el de audio a sus altavoces, camarógrafo a su cámara, Tito a su antena y el Beta a siestear en el asiento de delante. Todo comenzó maravillosamente bien, salvo que la presentadora me llamó María Jesús en vez de María José, pero qué más da, yo un día le llamé Patricia a ella, en lugar de Beatriz. Los primeros dos minutos iba todo sobre ruedas, yo iba leyendo con una calma impresionante aquello del viejo que no se moría, y que no nos habían dejado entrar el hospital, nada màs tenernos allí en la puerta. No conté lo de cuando al pedir entrar al baño  me quisieron hacer entrar escoltada y al final tuve que usar el servicio del guardia de la garita que me pidió por favor que no le pusiera micrófonos, por prudencia, que si no lo cuento.

En medio de este éxtasis informativo se me acabaron las cosas que tenía escritas en mi papel escuchimizao, y como no me decían nada de plató ahí que me lancé yo a improvisar. Desastre absoluto. A las dos frases me quedé en blanco, no supe cómo continuar, y dos segundos de silencio hasta que me recompuse para terminar mi móvil con la poca dignidad que me quedaba. En el video bajo estas líneas podrán comprobar ustedes mi pesar:

Con la cabeza baja y los ojos casi en lágrimas me volví a la furgoneta, me senté y miré delante mía. ¡Ah, mi guante! Estaba ahí, encima del asiento, se había estado camuflando aprovechando que la tapicería también era oscura. En ese momento no me di cuenta de lo que mi guante estaba intentando hacerme, así que me lo metí en el bolsillo y me olvidé de tema.

El silencio es lo peor que te puede pasar en la tele. Pero además con los nervios después me olvidé del nombre del caballero y le llamé Manuel Mamo Rodríguez (toma ya). Muerte súbita. En mi cabeza ya me estaban retando, abroncando, insultando, despidiendo, hasta deportando y muchas más cosas que terminan en –ndo.

Al día siguiente, a pesar de mis temores el reto no fue para tanto y más que nada los compañeros y jefes vinieron a prestarme su ánimo y su apoyo, y algunos consejos para que mejorase y que no volviese a pasar jamás de los jamases. No obstante, aquel día estaba castigada sin hacer directo, a mis síntesis internacionales y cortar cuñas con un hacha de  leñador.

transantiago-1

La mofa del Transantiago.

Lo bueno de no salir a hacer directos es que si tengo suerte me puedo ir antes a casa. Ese día tuve suerte y me pude ir un poco antes a casa (no mucho que esto lo pueden leer mis jefes). Salí del canal súper contenta en dirección al paradero de micros, y a los pocos minutos la silueta de la D14 a Rotonda Quilín se perfiló en el horizonte. Abordé en cuanto se acercó y acerqué mi tarjeta Bip! a uno de los cobradores automáticos. “Pi Pi Pi Pi Pi”, anunció el chivato. Luz roja. La acerqué de nuevo. “Pi Pi Pi Pi Pi”, luz roja. La pantalla me decía “No tiene suficiente salgo en su tarjeta Bip!”, y en la línea de abajo informaba “373 pesos”.

Yo diría que al menos un 30% de la gente que usa los autobuses del Transantiago no paga. Así a ojo de buen cubero, les parecerá a ustedes, pero tiene su base científica. Resulta que antes por Santiago había unas micros que eran como las de campo, que te cobraban en dinero y bueno, como que cada uno hacía un poco lo que le daba la gana. Había trayectos establecidos y tal pero poca cosa. Desorden y caos. Al primer gobierno de Michelle Bachelet se le ocurrió la solución perfecta: el Transantiago, tuvieron a bien nombrarlo. Aquello iba a revolucionar los transportes de la colapsada capital chilena y tal y tal.

El primer día que se puso en marcha el Transantiago, la mayoría de los chilenos no llegó a su trabajo. Lo cambiaron todo de un día para el otro, recorridos de líneas nuevos, buses nuevos, sistema nuevo, conductores nuevos, todo nuevo. Sin avisar ni hacer campaña previa de información ni nada. El caos duró seis meses. El sistema, aunque en principio está bien pensado tiene algunos fallos: por ejemplo las agarraderas de los buses son como para personas más altas y el chileno medio, que es bajito, no llega a tomarse y se tiene que parar como buenamente puede. Además, para agilizar la cosa en los autobuses no se paga con dinero sino con la dichosa tarjeta Bip! Bueno se ve que Bachelet tiene a los chilenos en alta estima y no se le ocurrió lo que iba a pasar: que la gente no iba a pagar la micro. Es una costumbre establecida, usted se queda mirando a la gente que entra y tres de cada diez, “Pi Pi Pi Pi Pi”, luz roja. “Pi Pi Pi Pi Pi”, luz roja. Con absoluta indiferencia entran y buscan su sitio entre la gente.

Pues yo igual. Hice caso omiso del pitido y de la luz roja, y con cara de superioridad “yo esto ya me lo conozco” me senté en el primer asiento que encontré libre. Lo malo era que después de la micro tenía que coger el metro, y ahí ya no hay tu tía. En el metro se paga, ahí están ellos vigilando para que no se te olvide. Y yo soy una ciudadana de bien, ya no estoy para ir dando espectáculos. Pues bueno, recargas la tarjeta y ya está, ¿verdad? Justo esa mañana que me había ido yo de la casa sin dinero, distraída como estaba con el asunto del silencio y el Mamo Rodríguez y el reto.

Abrí mi cartera y conté: 271 pesos chilenos, 110 argentinos y algo más de un euro, más los 373 pesos que ya tenía en mi tarjeta Vip! Bien, contando todo aquello tenía más que de sobra para pagarme un boleto de metro de 620 pesos. Pero, no contaban con la astucia del Transantiago. “La mínima recarga es de mil pesos”, me dijo la cajera al ver mi barullo de monedas. Yo intenté darle pena, que si salí de casa sin plata, que si esto, que si mira qué ojitos. Nada. Fui al jefe de estación, pero solo me dijo “se te ha caído el guante”, y cuando me volví para recogerlo había desaparecido. Solo me quedaba echar mano de la inestimable solidaridad chilena y que alguien quisiera pagarme la entrada en el metro.

Pregunté a muchas personas. No sé cuántas. De todas las edades. Ya me estaba agobiando, e incluso iba a llorar, cuando un muchacho alto, vigilante del metro, que me había estado observando todo el rato me tocó en el hombro. Sin mediar palabra me señaló la cola de la máquina de estudiantes, y cuando yo iba a pasar, puso su tarjeta sobre el círculo amarillo y ¡Pi! Luz verde. Con lágrimas en los ojos le sonreí y le di las gracias y subí corriendo las escaleras hacia el andén.

Todo esto iba yo reflexionando en el metro, mi mala cabeza de salir sin dinero, los dos segundos de silencio en la tele, el Candy Crush no me deja jugar más partidas hasta dentro de 25 minutos y, ¡mi guante! Mi guante azul oscuro casi negro estaba otra vez en el suelo. Definitivamente quería perderse, el maldito. En ese momento me di cuenta de la cantidad de veces que mi guante había intentado perderse. Recordé aquella misma mañana, cuando al salir de casa encontré que solo tenía uno y que no llevaba dinero. Al volver por el guante lo tomé de encima de la mesa pero del dinero me olvidé. Aquel guante definitivamente quería salir de mis manos que están siempre frías e ir a parar a las de otra persona, quizás su verdadera dueña, que a lo mejor tiene las manos calientes. De cualquier manera, aquel guante me estaba maldiciendo para que dejara de perseguirle por todo Santiago y le dejara en paz.

Pues bien, tomé una determinación. La mala racha se iba a acabar. Me bajé en la estación Cumming (sí, así se llama, no es mi culpa) que es la de mi casa, y en la puerta siempre hay gente vendiendo cosas, sopaipillas, sushi, pan integral, libros… Una de las chicas que estaba allí no llevaba guantes, me acerqué y le dije: “este guante quiere cambiar de dueño. ¿lo quieres?” y sin dejarla responder más que un gruñido se lo dejé allí y me fui corriendo por la calle Compañía de Jesús hacia el poniente. Al pasar por delante de la iglesia de los capuchinos miré al póster gigante que antes pensaba que era de Fray Leopoldo, pero ya me he enterado que no, que es el Padre Pío y le dije: “Ya te vale, Padre Pío”.

 

Nota final: Todos los garabatos, tacos, y palabras malsonantes han sido censuradas de este texto. Si usted tiene la edad apropiada, por favor rellene con ¡Puta! ¡Carajo! ¡Mierda! ¡Me cagüen! Donde considere.

May 25, 2014
by María José Durán
0 comments

Talca, París y Londres

talca paris y londres

La Estación de autobuses de Santiago, la que va a Talca.

Una de las cosas que más sorprende de mudarse a Latinoamérica es la mayor profundidad de las desigualdades en todos los sentidos. Aquí los edificios altos son más altos, los ricos no sé si serán mucho más ricos pero son tela de ricos y los pobres son muchos y muy pobres. Lo mismo se aplica a casi todo, también a los autobuses, o como les llaman acá, las “micros”, y no porque sean pequeñas precisamente, es que ese es su nombre.

Pongamos como ejemplo el trayecto Santiago-Talca, que es el que yo recorro más veces. La compañía líder, Talca, París y Londres, tiene una extensa flota de autobuses que son mejores que ningún Ave en el que yo haya estado. Sillones enormes y acolchados, peliculita, wifi gratis, bebida y snack de regalo y encima te dan una mantita de esas gustosas y una almohada. Yo siempre pienso que en este país no debe haber piojos y que eso en España no lo podríamos hacer. Por $5.000 pesos (unos 7€), tarifa estándar, va una como en los Vip de Renfe.

bus talca

La “micro” de Talca, París y Londres.

Talca París y Londres no va a Talca, París, ni a Londres, escuché yo hoy a un padre explicarle a su hija, es que se llama así la compañía. Y es como un dicho, como para nosotros lo de en Salamanca la que no es manca o los chistes de leperos. Según creo yo la historia es que son las tres ciudades del mundo donde se fabrican sombreros de ala ancha de alta calidad o algo así, eso me han contado aunque es tan inverosímil que ni yo me lo creo. Le preguntaré a mi tío que sabe mucho de sombreros y os digo. Bueno pues hoy cuando llegué a la estación Talca París y Londres no tenía billete hasta las 11 de la noche.

Es que aquí no se lleva lo de comprar el billete antes, se va uno a la estación de bus correspondiente y reina el libremercado: va uno preguntando en todas las casetillas que dicen que van a Talca al señor de turno metido en su kiosco. Pues bien hoy mucha gente quería ir a Talca y no sé por qué, que allí no es que haya mucho, ni poco.

La estación de buses que va a Talca es como las antiguas, las nuevas que he visto son tipo mall y todo brilla. Aquí las casetillas están en hileras como unas encima de otras, y alrededor hay varias decenas de puestos de comida rápida, binguitos, tiendas de las que venden desde guitarras a toallas de bidé y está todo tan junto que la gente tiene que pasar empujándose como en el metro. Pues de vez en cuando allí en medio del caos te encuentras a un señor que grita “¡Talca Talca!” Y te lleva a su tienda de “micros de campo”. Se sabe que son de campo porque no tienen en la casetilla luminosos con un scroll diciendo lo buena compañía que son. Y da penica y claro, ahí es dónde te timan.

-¿A qué hora tiene el próximo para Talca?
-A las ocho.
-Ya. ¿Cuánto?
-8.000.
-¿¿¿8.000???
- Es que nosotros vamos a Chillán y tenemos que desviarnos.

Lo miré con cara de “me vas a timar, joío”, pero igual le pagué y quedé en que a las siete en el andén 40. Pues tan tranquila me pongo yo a comerme mi barros luco, que es un pan de hamburguesa con carne tipo kebab y queso fundido. Son buenos esos. Y me voy a mi anden 40 y me siento en el suelo a leer.

A las 19:50 empezó a cundir el pánico en el andén 40. La gente iba y venía desconcertada porque la micro no llegaba, con todas las maletas, empujándose todo el rato porque aquí hay que empujar y hacer cola para todo. Cuando mi móvil dijo que eran las 19:56 me entró a mí el agobio y empecé a dar vueltas y hablar con extraños, me metí en un autobús que no era y me echaron y resolví volver a la casetilla cutre. Allí el señor, muy tranquilo, me explicó que había mucho “taco” (atasco) y que había que esperar, que me tranquilizara. Me pidió que le enseñara el billete y me espetó, como si todo fuese mi culpa:

-Señorita, su problema es que en su billete no dice nada.

Era verdad, el billete era como un papel de recibo con unos números pintados, y va el tío y me pone un sello con un matasellos que dice “Pullman Turis Bus”, y ya me voy yo tan contenta de vuelta al andén 40 sin pedir que me devolvieran mi dinero ni nada. A las 7:35, cuando ya me había levantado de mi suelo de leer para ir a reclamar, el mismo señor de antes viene al andén 40 y grita: “¡Talquinos, que nos vamos!” y las cincuenta personas que estamos allí le seguimos hacia fuera de la estación por donde salen los buses. Empezamos a andar por la calle al lado del súper atasco y me nombra guía para que encuentre el autobús rojo. Pues como veinte autobuses parados en atasco después nos montamos todos en el autobús rojo de Pullman, ya más contentos.

Me había tocado el asiento de la primera fila que es el que menos me gusta, y miro para delante y leo que tienen pegada una hoja de tarifas donde pone “Pulman tarifas”, y no es que me haya equivocado yo es que estaba escrito así. Bien pues eso resume lo que era el resto del bus: asientos raídos y pequeños, no hay colación ni manta ni almohada y el luminoso no me informa a cuántos kilómetros por hora vamos y lo de ponerse los cascos para ver la película tampoco funciona ni la luz para leer ni nada de nada. Lo peor es que al final de la peli, que estaba interesante, una señora le pide al ayudante del conductor que bajen el volumen para que su guagua  (bebé) duerma. En lugar de eso se apaga todo, el monitor el sonido y las luces justo cuando el asesino iba a entrar en la habitación, pero ya estamos tan cansados del tema que nos da igual y nadie protesta.

En conclusión, que aquí los buses buenos son más buenos y los malos no tan malos como el Socibus que va a Madrid, pero sí bastante reguleques, como los TRD que tenía Renfe antes. Y yo me despido que ya estoy llegando a Talca y ya subiré esta entrada mañana o cuando pueda, porque Pulman Turis Bus tampoco tiene wifi.

April 25, 2014
by María José Durán
0 comments

Thunder, la bicicleta de persecución

DSCF0101

Anochece en Santiago y yo voy cuesta abajo en bicicleta. Cada día después de trabajar recorro los once kilómetros que separan mi casa de la oficina montada sobre mi Peogeot azul eléctrico. A pesar de que apenas tengo que hacer esfuerzo para ganar espacio, tardo casi lo mismo que en la mañana, cuando mis piernas pelean cuesta arriba contra el “que otra vez llego tarde”.  Al terminar la jornada ya no tengo prisa y, a menudo, pedaleo detrás de alguien que me pareció interesante, por muy lento que vaya.

Normalmente se trata de muchachos jóvenes de fuertes piernas y pantalón corto, aunque estos son más rápidos que yo y enseguida se pierden en la sinuosa línea de la ciclovía santiaguina de Pocuro. Algunas veces, alguien cuyo casco tiene una inscripción graciosa que me gusta mirar. Otras, como hoy, dejo pasar el tiempo tras alguien que me recuerda a casa.

Era un muchacho delgado y alto, de abundante y despeinado pelo moreno. Llevaba una mochila verde caqui y montaba una bicicleta medio desvencijada. Iba despacio, sin bulla, esperaba detrás de cualquier ejecutivo con una de esas bicis con ruedas chicas, no tenía ansias de adelantar. En cuanto lo vi me acordé de una noche, pedaleando los dos por las calles sevillanas. “¿Cómo se llama tu bici?”, me preguntó. Y mi bici no tenía nombre. En seguida acordamos llamarla Jack.

Ahora mi bici sí tiene nombre, me tranquilicé. Se llama “Thunder”, que significa trueno. Esta palabra en mapuche se pronuncia Talca, que es el nombre de la ciudad donde la compré. Me gustó pensar en el ruido, como además me caigo a menudo de la bici y tal, y además, el apellido de su anterior dueño es Thurber y me hizo gracia lo parecido del sonido. Y estaba volada cuando la bauticé, para qué nos vamos a engañar.

Thunder es una Peugeot azul  de carretera con letras blancas.  Tiene el manillar naranja, de esos como de mancuerna. Originalmente los cuernos iban hacia abajo, pero como yo no pretendo ir por la vida de aerodinámica se los he subido hacia arriba, por lo que ahora puedo ir incorporada, aunque los frenos se han quedado justo al frente y parece que conduzco un cohete espacial con tirador de torpedos incorporado.

Los vaqueros le bailan de delgado, apenas se le pegan a la pierna, pienso yo. Nunca llego a verle la cara, pero su aire distraído y el remolino de su coronilla me lo confirman, es aquel emperador romano que un día conocí y que ha venido a Chile a traerme recuerdos de aquel tiempo pasado que pudo ser feliz pero no fue. La nostalgia es algo con lo que una aprende a vivir cuando se muda a 10.000 km. de distancia de todo lo que quiso.

Cuando nuestros caminos se separan me invade una extraña tristeza. Estoy tentada de seguir sus pasos, continuar recto en lugar de girar a la izquierda en la Avenida Antonio Varas y averiguar dónde vive, y verle la cara. Pero tengo que salir de mi ensoñamiento, María José, despierta, no seas acosadora, que ahí ya hemos estado antes y no nos gustaba.

Un poco alicaída pongo rumbo a mi casa, intentando encontrar a alguien a quién seguir pero no hay nadie tan interesante y además ya estoy muy cerca y ya es miércoles y mañana tendré que recorrer las mismas calles cuesta arriba y cuesta abajo, y el rosado del cielo sobre la Cordillera. Por lo menos, me digo a mi misma, todavía me funcionan los frenos.

February 19, 2014
by María José Durán
0 comments

“Acá es muy lindo, pero hay pocas chicas”

El cruce del Río Palena

Luis, un veinticincoañero natural de la localidad chilena de Raul Marín Balmaceda se sienta cada atardecer en el muelle a mirar a los cormoranes y los grupos de toninas (delfines australes) que pasan de largo por el Fiordo Pitipalena. “Acá es muy lindo, pero hay pocas chicas”, fue lo primero que nos dijo, con una pícara sonrisa y una fugaz mirada a las cachas de ésta que os escribe.  Apenas 200 o 300 personas viven durante el año en Raúl Marín Balmaceda, situada en una isla formada por el río Palena y el fiordo Pitipalena. Para llegar hasta ella es necesario desviarse 80 kilómetros de la ruta austral por un camino de ripio y cruzar el río en una barcaza.

Raul Marin Balmaceda“Me gustaría irme de aquí pero no puedo. Estoy atado a esta isla”, asegura Luis. El joven va vestido casi a la moda, una camisa de manga larga medio desabotonada y, tejanos marron claro, si no fuera por el sombrero de ala ancha negro que adorna su cabeza. Se dedica a pescar, y a sacar a los turistas de paseo, y a hacer deporte, pero lo que de verdad le gustaría es irse a vivir a la ciudad. “Con lo que me gusta a mí la ciudad”, se reafirma. Sin embargo, lo más lejos que ha estado en su vida de Raúl García Balmaceda ha sido en Coyhaique, la capital de la región en la que nos encontramos -Aysén del General Carlos Ibañez del Campo- a unos 340 kilómetros de distancia.

La vida en Raúl Marín Balmaceda pasa con la misma quietud que las aguas del Pacífico navegan su fiordo. El camión de los suministros viene una vez a la semana, y solo hay pan del día si a la señora del restaurante Los Dos Juanitos le ha dado tiempo de hacerlo esta mañana. “Si me fuera, sé que echaría de menos esto. Acá se está tranquilo”, continúa nuestro nuevo amigo. Pero él lo que de verdad quiere para su pueblo es una “disco”, eso es lo que les hace falta, una disco para tener donde ir después de beber cerveza a orilla del Pitipalena.

Fiordo PitipalenaA pesar de que le insisto, varias veces, en que todo es proponérselo en la vida, y si no mire usted lo atada que estaba yo a mi Sevilla de miarma, y lo lejos que estoy ahora, él sigue en sus trece. Está condenado a vivir para siempre en la aldea en que nació. Las cadenas de Luis no son de acero mi de hierro. Le permiten correr libremente por la isla, tomar el barco de su padre y salir al Pacífico a pasear. Observar aves, ballenas y pingüinos. Pero unas invisibles correas están amarrando su visión que no llega más allá del glaciar con forma de teta que se vislumbra desde la playa. Esa cadena se llama educación, o en este caso la falta de ella, que a muchos jóvenes de pequeñas localidades con ansias de ver el mundo, como Luis, no les permite ver más allá de lo que les alcanza la vista desde el cerro más alto de su pueblo.

DSCF2382Anochece en Raúl Marín Balmaceda.

Glaciar con forma de tetaEl glaciar con forma de teta.